26 de febrero de 2005

Tiempo


“El amor jamás dejará de ser” Pablo de Tarso, I cor. 13.8


Ángela estaba subida en el escenario de un casino de Las Vegas con Dean Martin, Sammy Davis JR y Frank Sinatra haciendo el mejor swing que jamás había escuchado, cuando un frenazo repentino del tren la tiró de la cama.
Alargó su mano hasta donde recordaba que estaba el interruptor, se puso las gafas, que siempre llevaba colgadas de una cadenita al cuello, y vio que todavía eran las dos de la madrugada. Sin levantarse del suelo, se preguntó sorprendida cómo era posible que en un sueño de media hora hubiera sido capaz de reproducir hora y media de concierto junto a esos tres sinvergüenzas. Hizo recuento de todas las canciones que cantaron, pues sí, por lo menos hora y media de concierto. No encontró respuesta. Mejor salir a fumarse un cigarrillo. La relatividad del tiempo siempre la inquietaba.
Le costó ponerse en pie, se había lastimado su jodida rodilla derecha. La misma de siempre. La muy jodida, siempre tenía que resentirse. Su médico ya no solía concederle demasiada importancia cuando le hablaba de su jodida rodilla derecha, “Ángela, ya has pasado los sesenta, algo tenía que dolerte, no te quejes tanto y dale gracias a Dios..., con lo que fumas..., Ángela...”
Ella nunca daba gracias a Dios por nada: en realidad no le asustaba la muerte simplemente porque no creía en ella. Lo que sí agradeció fue haberse acostado vestida, imposible mantener el equilibrio en ese trasto con una rodilla lastimada.
Salió al pasillo y encendió un cigarrillo. Fue entonces cuando lo vio, sólo el perfil en la penumbra, sólo la forma de expirar el humo echando la cabeza excesivamente hacia atrás, de balancear el pie izquierdo o de mover una mano para quitarse el flequillo de la cara, con eso le bastó para darse cuenta de que era Tomás, su difunto esposo. No le hizo falta conocer su mirada ni el timbre de su voz. Debía andar por los veinte años y supo que en cuanto viera su coronilla despeinada, vendría a hablar con ella.
A Javier, porque dijo llamarse Javier, no solo le gustó su coronilla despeinada tanto como le gustaba a Tomás, le gustó todo lo que conoció de aquella mujer en las cuatro horas, dos cajetillas de rubio americano y cientos de carcajadas que pasaron juntos en el pasillo del tren hasta que llegaron a Chamartín a las 06.05H. Rastreó su memoria buscando algún recuerdo que explicara por qué creía conocer a Ángela, a quién le recordaba, de dónde le nacía esa seguridad de haberla querido ya. Definitivamente, ninguna de las mujeres a las que había conocido era ella, y sin embargo, él le había dicho alguna vez que no sabía desde cuándo la amaba, pero que estaba seguro de que ese amor era más grande que su tiempo, que nunca sería lo suficientemente extenso para agotarlo, que la amaría durante todas sus vidas. Se escuchaba diciéndole estas palabras a Ángela en una especie de recuerdo cinematográfico que con certeza correspondía a algún momento que ambos habían vivido.
Javier nunca perdió la esperanza de volver a ver a Ángela. Se reencontraron una tarde en el zoo. Él llevaba a su nieta de la mano, ella le contó que sólo le faltaban dos meses para el parto y que se le había hinchado la rodilla, que se llamaba Raquel, tenía veintidós años, adoraba el swing, que estaba harta de ese remolino de su coronilla.

21 comentarios:

Eduardo Allende dijo...

Hola Ana. Buena historia de nuevo. Me gusta mucho la idea del sueño de media hora que contiene un concierto de hora y media. Introduce muy bién la idea de la 'relatividad del tiempo', aunque no acaba de encajar bien con las transformaciones de Lorenz. Tampoco pasa nada, pocos lectores conocerán la teoría de la relatividad, la única teoría del mundo que establece que existe algo absoluto.

ana dijo...

Sí, es verdad, Lorenz me ha traído muy de cabeza en este relato, no terminaba de encajarlo, cosa que me ha acarreado innumerables desvelos y múltiples mortificaciones. Y luego está todo eso de los absolutos, que no es moco de pavo y que siempre me deja desconcertada por muchos días.

Eduardo Allende dijo...

Ya decía yo. Por cierto ¿qué tal va el seísmo?

ana dijo...

Esos también me están acarreando múltiples mortificaciones. No sé si cargármelos a todos en una aplastante réplica, y tienen todas las papeletas, porque así dejarían de salir en mis peores pesadillas, o dejarlos disfrutar de un final más abierto y más feliz, como una gran bacanal, viejecitas incluídas.

Eduardo Allende dijo...

Es lo que tiene los seísmos (terremotos de grado seis en la escala de Richter), que se sabe como empiezan pero no como acaban. A lo mejor el estanquero podía echarles un cable.

ana dijo...

Ah, pues eso estaría bien, lo mismo se sacaba de mi crisis creativa. Hace ya días que no se cuenta nada nuevo el estanquero.

Eduardo Allende dijo...

Es que el estanquero tiene a un niño con otitis y ha dejado el estanco atendido por 'el linterna' un amigo de su cuñado el bodeguero.

ana dijo...

Y crees tú que el señor linterna podrá arrojar un poco de luz sobre todo este asunto?

Eduardo Allende dijo...

Pues no lo sé. Yo no confiaría mucho en ello. Le llaman así porque asaltaba viviendas de noche. Pero ya se ha rehabilitado, o eso dice.

ana dijo...

Pues estaría gracioso que se colara en el edificio aprovechando que todos los vecinos había huido despavoridos, y que Primero C y Segundo A se lo encontraran cuando iban a por los rosarios y las pastillas de Primero B

ana dijo...

Pues estaría gracioso que se colara en el edificio aprovechando que todos los vecinos había huido despavoridos, y que Primero C y Segundo A se lo encontraran cuando iban a por los rosarios y las pastillas de Primero B

ana dijo...

Pues estaría gracioso que se colara en el edificio aprovechando que todos los vecinos había huido despavoridos, y que Primero C y Segundo A se lo encontraran cuando iban a por los rosarios y las pastillas de Primero B

ana dijo...

Pues estaría gracioso que se colara en el edificio aprovechando que todos los vecinos había huido despavoridos, y que Primero C y Segundo A se lo encontraran cuando iban a por los rosarios y las pastillas de Primero B

ana dijo...

Te lo digo 4 veces por si no has tenido bastante con una, y también porque no se podía mostrar la página

Eduardo Allende dijo...

Pues sí, pues sí, pues sí, pues sí. La última vez que se le vió andaba por la planta 12 del edificio Windsor en medio de un incendio y acompañado del Consultor Anónimo.

ana dijo...

Sí, y salió en todos los telediarios. Y no podía evitar una risilla maligna cuando la prensa se refería a él como "el fantasma del Windsor". Él, que siempre había sido el mediocre "linternas"

Eduardo Allende dijo...

Mujer, tan mediocre no era, que una vez limpió una urbanización entera de chalets acosados (con ayuda de el 'Lejía' eso sí).

ana dijo...

jajajaja, y el lejía quién es?

Eduardo Allende dijo...

Mujer, por el nombre ya puedes suponer que había sido legionario. Intentó ser cantaor en Jerez pero no consiguió hacer carrera, así que fue trapicheando por ahí hasta que el 'linterna' le convenció de que estaba llamado a más altas cimas.

ana dijo...

Y el estanquero y su cuñado el bodeguero saben que el linternas y su amigo el lejía...? porque vale que tengan un pasado de chalets acosados y la legión y cantaor por Jerez, pero ya sí veo muy claro el ataque al winsord fue obra del linternas en colaboración con el lejías, cómo explicas si no lo de las "cimas más altas"?

Eduardo Allende dijo...

¡Shhhhhh, que me arruinas la exclusiva!